La idea que los seres humanos son una raza de esclavos pertenecientes a una sociedad
extraterrestre no es nueva. Fue expresada miles de años atrás en los registros de las
civilizaciones más antiguas de la humanidad. La primera de esas civilizaciones fue la
Sumeria: una sociedad notablemente avanzada que surgió en el valle del Tigris-Eufrates entre
los años 5000 y 4000 AC., Y floreció como una civilización mayor en los 3500 AC.(*)
Al igual que otras sociedades antiguas que surgieron en la región de Mesopotamia, la
Sumeria dejó registros donde se estableció que criaturas de apariencia humana de origen
extraterrestre gobernaban a la antigua sociedad humana como los primeros monarcas de la
Tierra. A aquellos pueblos no terrestres comúnmente se les consideraba como “dioses”.
Algunos “dioses” sumerios se decía que viajaban por el cielo y por los espacios en “globos” y
vehículos volantes como cohetes. Antiguas esculturas presentan a varios “dioses” vistiendo
aparatos parecidos a los anteojos de los pilotos modernos. Los sacerdotes actuaban como
intermediarios entre los “dioses” extranjeros y la población humana.
No todos los dioses mesopotámicos eran extraterrestres de apariencia humana.
Algunos eran de evidente fabricación y se le atribuían atributos ficticios como los que se les
atribuían comúnmente a los dioses extraterrestres de apariencia humana. No obstante, una
vez hecha pedazos la patente ficción descubrimos dentro del panteón mesopotámico una
clase diferente de seres que claramente encaja dentro del molde de los “antiguos
astronautas”.
Con la intención de discutir mejor esos “dioses” de “alta tecnología”,(**) se me hace
necesario inventar un nuevo término.
La palabra “dios” sola contiene demasiado temor inmerecido. Los testimonios
históricos y los de los tiempos modernos indican que esos “dioses” son tan humanos en su
comportamiento como lo es usted o yo.
El término “extraterrestre” es demasiado amplio.
Yo no puedo llamarlos “dioses” de cualquier estrella o planeta del cual ellos puedan
ser nativos porque no especularé con su lugar de origen. Además, es concebible que la
presunta propiedad de la Tierra haya cambiado de manos en milenios, al igual que la
propiedad de una corporación puede pasar por diferentes propietarios sin que el público se
de cuenta de ello.