Cuentan las crónicas que una noche, cuando los atenienses partían a luchar contra Esparta en la guerra del Peloponeso, aparecieron cortados los penes de todos los hermas. Lo crean o no, el caso es que los atenienses perdieron aquella batalla. ¿Adivinan quién pudo ser?Dos mil quinientos años después, todavía no se sabe a ciencia cierta, pero la hipotésis más verosímil es que, hartas de tanto culto al pene y, probablemente, homosexualidad, fueron las MUJERES atenienses quienes decidieron cortar por lo sano. Porque, y ahí viene la paradoja, la que fue durante un tiempo meca de la homosexualidad fue también una de las sociedades más machistas que el mundo ha producido.
Ahí van algunas joyas:
-Aristóteles (384-322 a.C):
“La hembra es hembra en virtud de cierta falta de
cualidades”.
-Sócrates: “Si dais con una
buena esposa, seréis felices, si das con una mala, llegaréis a ser fi lósofos”.
-Pitágoras: “Hay un principio bueno, que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo, que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer”.
Es cierto. Muchos ricos griegos aborrecían a las mujeres y preferían los favores de jóvenes efebos con los que establecían una relación amorosa que proporcionaba a los mancebos una educación y a los aristócratas, una exaltación de su ego. En aquella sociedad, las mujeres eran consideradas seres sin alma, sin inteligencia, y los cultos atenienses sólo consideraban de su nivel a los del mismo sexo. Eso sí, para el coito, preferían los jovencitos y guapos porque en la Antigua Grecia había muchísimo culto al cuerpo: ¿os suena a algo?
-Pitágoras: “Hay un principio bueno, que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo, que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer”.
Es cierto. Muchos ricos griegos aborrecían a las mujeres y preferían los favores de jóvenes efebos con los que establecían una relación amorosa que proporcionaba a los mancebos una educación y a los aristócratas, una exaltación de su ego. En aquella sociedad, las mujeres eran consideradas seres sin alma, sin inteligencia, y los cultos atenienses sólo consideraban de su nivel a los del mismo sexo. Eso sí, para el coito, preferían los jovencitos y guapos porque en la Antigua Grecia había muchísimo culto al cuerpo: ¿os suena a algo?
Pues, de hecho, el llamado
“amor platónico”, asociado modernamente al “amor romántico”, era en realidad,
según el historiador Antonio García Trevijano, el amor pederasta de los
griegos, el que han copiado las élites desde entonces. Aunque existían amoríos
entre hombres de similar edad, la mayor parte de las relaciones homosexuales
griegas eran de dominio, con un claro desequilibrio económico que hace que
muchos autores las consideren una variante de la prostitución: los efebitos
venían a ser una especie de chaperos
clásicos que obtenían educación y posibilidades de progresar socialmente a
cambio de su disposición para el sexo. Así se recoge en la enciclopedia ofi
ciosa de Internet, Wikipedia. “En la antigüedad clásica, escritores como
Herodoto, Platón, Jenofonte, Ateneo y muchos otros exploraron los aspectos del
amor homosexual en la Antigua Grecia. La más extendida forma de relación sexual
homosexual se daba entre hombres
adultos y chicos adolescentes, conocida como pederastia. (…) Algunos
eruditos, como Kenneth Dover y David Halperin, afi rman que existía una marcada
polarización entre compañeros activos y pasivos, penetrador y penetrado, y esta
polarización activo/ pasivo estaría asociada con roles sociales dominantes y
sumisos: el rol activo se asociaría con la masculinidad, con un estatus social alto
y con la edad adulta, mientras que el papel pasivo se asociaría con la
feminidad, con un estatus social bajo y con la juventud. Según esta visión, cualquier
actividad sexual en la que un hombre penetrara a alguien socialmente inferior
se consideraba normal; por tanto se consideraba “socialmente inferior” a
mujeres, hombres jóvenes, extranjeros, prostitutas y esclavos.
Por el contrario, ser penetrado, especialmente por alguien socialmente inferior, podía ser considerado vergonzoso”. Así pues, la verdadera Grecia homosexual no sería más que la consecuencia de la ultraexaltación del macho, el patriarcado que reduce el papel de la mujer hasta prescindir de ella, sin otra función que la de educadora de los niños. En términos del doctor Hamer; una ausencia de estrógenos. Su infl uencia sobre la vida griega llegaba hasta el estamento militar (un fenómeno que se repite hoy día, como veremos). El Batallón Sagrado de Tebas fue una unidad militar separada reservado sólo para los hombres y sus jóvenes amados. Esta milicia es generalmente considerada como el principal ejemplo de cómo en la Antigua Gracia el sexo entre los soldados de una tropa estimulaba su espíritu para la lucha. Tan grande era su leyenda que los tebanos atribuían al Batallón Sagrado el poder que su ciudad había tenido anteriormente a su caída ante Filipo II de Macedonia; la homosexualidad era, por tanto, la base del poder militar. Resulta sumamente curioso que ese mismo esquema del guerrero con un efebo que le sirve para satisfacer sus instintos y al que, a cambio, “educa” se repite en el Japón de los samurais, con el nombre de Shudo y nos pone en la pista de una verdad inimaginable, que se desarrollará a lo largo del libro: la guerra ha sido pensada por hombres que no amaban a las mujeres.
Por el contrario, ser penetrado, especialmente por alguien socialmente inferior, podía ser considerado vergonzoso”. Así pues, la verdadera Grecia homosexual no sería más que la consecuencia de la ultraexaltación del macho, el patriarcado que reduce el papel de la mujer hasta prescindir de ella, sin otra función que la de educadora de los niños. En términos del doctor Hamer; una ausencia de estrógenos. Su infl uencia sobre la vida griega llegaba hasta el estamento militar (un fenómeno que se repite hoy día, como veremos). El Batallón Sagrado de Tebas fue una unidad militar separada reservado sólo para los hombres y sus jóvenes amados. Esta milicia es generalmente considerada como el principal ejemplo de cómo en la Antigua Gracia el sexo entre los soldados de una tropa estimulaba su espíritu para la lucha. Tan grande era su leyenda que los tebanos atribuían al Batallón Sagrado el poder que su ciudad había tenido anteriormente a su caída ante Filipo II de Macedonia; la homosexualidad era, por tanto, la base del poder militar. Resulta sumamente curioso que ese mismo esquema del guerrero con un efebo que le sirve para satisfacer sus instintos y al que, a cambio, “educa” se repite en el Japón de los samurais, con el nombre de Shudo y nos pone en la pista de una verdad inimaginable, que se desarrollará a lo largo del libro: la guerra ha sido pensada por hombres que no amaban a las mujeres.
La Grecia homosexual fue
la cuna de un varón sumamente preocupado por su estética, coqueto y narcisista
(recuerden a los gays de hoy en día), como lo fueron los últimos años del
Imperio Romano, a punto de ser invadidos por pueblos con más fuerza vital,
tribus bárbaras que desconocían los refi namientos de la homosexualidad. No es difícil
establecer un paralelismo con la época que vivimos, de crisis de los valores
occidentales, parálisis de la natalidad y masiva entrada de pueblos con
costumbres sexuales más tradicionales.

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